"La más nítida y clara": vista nunca antes vista de la Luna capturada por un astro fotógrafo kurdo

El astrofotógrafo kurdo Darya Kava Mirza ha capturado imágenes nunca antes vistas de la luna en una serie de imágenes que, según él, son las más claras y nítidas hasta la fecha.

La luna nunca se ha visto tan hermosa en este conjunto de imágenes de alta resolución sin IA, que Mirza llama "la fotografía lunar más avanzada jamás vista", y presenta interesantes detalles de la superficie. Las imágenes sin IA, que combinan cuatro fases diferentes de la luna, han cautivado a la comunidad en línea, que ha discutido las imágenes en detalle y capturado los elementos.

Por supuesto, las imágenes son impresionantes y se puso mucho esfuerzo en esta creación memorable. Se llevaron a cabo cuatro días de observación y fotografía continua de la luna, y los resultados están a la vista de todos. 

Al compartir detalles sobre la imagen, Mirza dijo que el tamaño de la imagen es de alrededor de 708 GB y la resolución es de hasta 159,7 megapíxeles. Se apilaron alrededor de 81.000 imágenes para llegar al resultado final. 

Las diferentes fases de la luna y las áreas sombreadas revelan una topografía interesante en la superficie lunar. Al revelar detalles sobre el telescopio, Mirza dijo que se utilizó un Skywatcher Flextube 250p Dobsonian modificado en la montura ecuatorial del NEQ 6pro, mientras que una Canon EOS 1200D (para minerales) y una ZWO ASI 178mc (para detalles) ayudaron a lograr una visión extremadamente clara.

"Así es como se vería la luna si fuera un disco plano con montañas", escribió el fotógrafo en la publicación de Instagram.




"La segunda y tercera foto me dejaron sin aliento. Un trabajo impresionante. De verdad. Espero que estés muy orgulloso de estas fotos", reaccionó un usuario de las redes sociales.

Las fotografías únicas también se convirtieron en tema de animados debates entre los entusiastas del espacio en Reddit. Un usuario preguntó si estos colores provienen de metales y otros minerales. A lo que otro usuario respondió: "mayormente no, pero más o menos. Los colores no coinciden con lo que vería un ojo humano, pero sin entrar en una filosofía tangente, el color es extremadamente complejo y una gran parte de lo que ve un humano es tu "El cerebro hace representaciones y mapeos que no están perfectamente representados en el objeto físico que se observa".

(Imágenes cortesía: Darya Kawa Mirza)

 


Un japonés duerme sólo 30 minutos al día para duplicar su esperanza de vida

Daisuke Hori, un japonés de 40 años, ha atraído la atención del mundo durante los últimos 12 años porque sólo duerme 30 minutos al día. Su objetivo es pasar más tiempo activo priorizando un sueño de calidad y manteniéndose alerta con ejercicio y café. Sin embargo, los expertos en salud advierten que la falta de sueño puede provocar graves problemas físicos y mentales.

Un japonés duerme sólo 30 minutos al día y su esperanza de vida se duplica


Por un lado, los expertos en salud advierten que se debe dormir menos, algo común entre la gente moderna; por otro lado, un hombre de 40 años conquistó el sueño descansando sólo 30 minutos al día.

Daisuke Hori de Japón ha llamado la atención mundial por sus hábitos de sueño. Duerme sólo media hora frente a las 7-8 horas recomendadas.

Según el South China Morning Post, "hace 12 años, comenzó a reducir su tiempo de sueño para aumentar la cantidad de tiempo que tenía para las actividades diarias, y logró reducirlo a sólo 30 a 45 minutos por día"..

PROFECIAS DE NOSTRADAMUS . EL FUTURO QUE PASARA MAÑANA

   El emperador alemán acongojará a la religión y a la Iglesia. Llenará a Italia de infinitas amarguras, derribará el castillo de Sant'Angelo y toda la ciudad leonina. También Francia sufrirá mucho. El emperador se aliará con los orientales y septentrionales. A causa de estas graves tribulaciones morirá el Papa. Vendrá luego el Pastor Angelicas y el emperador alemán será derrotado por el Gran Monarca.» Esta última profecía es de Nostradamus y está sacada de sus predicciones en prosa; en ella puede añadírsele la contenida en la cuarteta cincuenta y siete de la Centuria II:

 Antes del conflicto el grande caerá, 

El grande a muerte, 

may repentina y sentida,  

La Nave imperfecta, la mayor parte [nadará, Junto al río la tierra quedará de sangre teñida. 

 Asesinato del Papa 

 Antes de que estalle la tercera guerra mundial y caiga el telón de acero (tal podría ser el significado de «el gran muro» que traen algunas ediciones) Italia será invadida y el Papa asesinado. De este modo la nave de Pedro, huérfana de guía, quedará a merced de los dramáticos acontecimientos que seguirán a esta muerte, no excluida la posibilidad de un cisma; entonces el clero, simbólica tripulación de la simbólica nave, la abandonará, echándose al mar como único medio para salvar la vida. Junto al río (que podría ser el Tíber, si se toma Roma como sede del papado), la tierra se teñirá de sangre.

 Esta profecía se completaría con la contenida en la cuarteta noventa y nueve, de la Centuria VIII:

Por el poder de los tres Reyes temporales,
A otro lugar será transferida la Santa Sede,
Donde la sustancia del espíritu corpóreo,
Sera repuesta y recibida por verdadera sede.



y pestilencias irreprimibles, 

incluso por parte de la más avanzada ciencia médica. 

Esto acontecerá, precisa Nostradamus, cuando en el cielo, por enésima vez, aparezcan las estelas luminosas de los misiles. Algunos comentaristas han interpretado esta cuarteta como si fuese una profecía cumplida ya en la Se-gunda Guerra Mundial, cuando la V 1 y la V2 alemanas surcaron el cielo de Europa y sembraron, a su paso, desolación, muerte y ruina. Pero si bien no faltaron durante aquella contienda violentísimos episodios que afectaron a muchos inocentes y a muchos pueblos indefensos, es preciso tener en cuenta las palabras que se refieren al gran motor que renueva los siglos y la alusión que se hace a la epidemia, que en realidad no se declaró durante el anterior conflicto. La alusión al fin del mundo, la referencia al ciclo histórico en el que actualmente vivimos hace posible afirmar que este martirio de la Humanidad, aún no ha sucedido. Al término de la predicción, el mundo, dividido en facciones y lacerado por graves cismas, se hallará in-merso en el más negro y trágico caos. Las mayores capitales del mundo serán destruidas. La ciudad que se indica en la cuarteta ochenta y cuatro de la Centuria III, es, indudablemente, París, cuya destrucción ha sido también vaticinada por otros videntes, entre los cuales está San Juan Bosco, quien en una carta dirigida al entonces Papa Pío IX, dice: «El Creador se dará a conocer y visitará París tres veces con la vara de su enojo». Después de haber exhortado a los parisienses a que no desprecien sus consejos, concluye el Santo de esta manera a propósito del destino que les aguarda: «Caerás, durante la tercera visita, en manos extranjeras y tus enemigos mirarán desde lejos cómo arden tus palacios, reducidas tus moradas a un montón de ruinas y rociadas con la sangre de tus prohombres que ya no existen...». Como puede verse, concuerdan los vaticinios, puesto que Nostradamus afirma que la ciudad de París quedará completamente desolada y sólo podrán habitarla contados supervivientes. Se derrumbarán los edificios y la población será exterminada con hierro y fuego y nadie se apiadará de los inermes y de los pequeños; hasta los templos serán violados por la furia demo ledora que implacablemente se abatirá sobre ellos. Y quienes se libren de las armas, morirán víctimas de la epidemia que caerá sobre la desgraciada metrópoli. Por lo que respecta a Londres, capital de la nación que poseyó en su día el más vasto de los imperios coloniales, Nostradamus predice trescientos años de dominio absoluto y de próspero comercio marítimo que disgustará a los portugueses. Éstos habrán de ceder a Albión el predominio y la supremacía de las Indias. Y llegamos por fin a la profecía que se refiere, seguramente, a la ciudad de Nueva York, la «gran ciudad nueva» que sera atacada por un incendio que podría estar localizado en la zona de 40° de latitud. Esta súbita llama envolverá totalmente la ciudad que saltará por el aire, hecha añicos; lo cual sucederá cuando se piense someter a dura prueba a la gente del norte de Europa, probablemente los alemanes. También Roma, la ciudad eterna, se incluye entre las ciudades que van a ser destruidas. Leemos en la cuarteta cien de la VI Centuria:  Hija de la Aurora, asilo del malsano, Donde hasta el cielo se ve el anfiteatro:  Prodigio visto, tu mal está muy próximo,  Serás cautiva y veces más de cuatro.  Esta profecía, en la que el vidente llama a Roma «hija de la Aurora», ciudad que levanta hacia el cielo el anfiteatro del coliseo, aconseja tener en cuenta los próximos desgraciados acontecimientos que se avecinan: la ciudad será asediada más de cuatro veces. Para Roma, pues, el destino no es el mismo que el reservado a otras grandes ciudades: no los hombres, sino las fuerzas de la Naturaleza, darán cuenta de ella y de su perversidad que consistirá muy espeaalmente en haber violado las mismas leyes naturales. Desde Sicilia, es decir, desde aquel mismo lugar donde Jasón hizo construir sus naves, vendrá un espantoso y súbito diluvio del que nadie podrá escapar. El terrible cataclismo hinchará hasta tal exceso las alborotadas aguas del mar que éstas llegarán a sumergir toda la parte meridional de la península italiana y la furia de los desatados elementos sólo se detendrá al pie de las colinas donde están los restos del teatro romano de Fiesole, en Toscana. En este punto, la profecía de Nostradamus sobre el futuro que nos aguarda parece decir que el mal triun-fará inconteniblemente sobre la tierra; por fortuna no será así porque será de escasa duración su apoteosis. Se vislumbra ya la última y definitiva lucha entre los hijos de las tinieblas, mandados por el Anticristo y los hijos de la Luz, guiados por el Mesías. 

 El triunfo de la Gran Verdad  Dice Nostradamus que cuando el sol llegue al 20° del Toro, es decir, el día once de mayo, la Tierra temblará y tragará a todos los espectadores; mientras tanto el aire se oscurecerá y caerán sobre la Tierra las más densas tinieblas y Dios, con sus legiones de ángeles y de santos, arrollará y arrumbará totalmente a la demoníaca criatura que había querido escalar el cielo. Acometido y atacado por el rayo celeste, el Anti-cristo se desplomará en la arena a incapaz de llevar a cabo las maravillas de las que había osado resumir, se abismará en las entrañas de la tierra, vencido y derrotado. La justicia de Dios se abatirá entonces sobre los secuaces de Satanás y causará entre los hombres una terrible carnicería. De esta manera el gran nieto, es decir, el Anticristo descendiente de Satanás, será constreñido a dejar la Tierra para nunca jamás volver a ella. Entonces triunfará María, Madre de Dios (a la que Nostradamus indica como una curiosa perífrasis, siendo «maría» el plural del nombre latino «mare»), de la cual se ha dicho que «las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella». El Anticristo, descendiente de la tribu (o califato) de Dan y su inspirador, Satanás, temblarán ante el juicio que les espera. Nostradamus ratifica y sanciona la fecha dé cuando va a suceder todo esto: transcurridos veinte años santos o jubilares, lo cual equivale a decir después de veinte siglos de la fundación de la Iglesia (indicada por el vidente, como de costumbre, con el nombre de Luna, ya que Cristo es el verdadero Sol que ilumina con su luz a la  Iglesia, como el caso de nuestro satélite), o sea en el año siete mil del calendario judío, calculado a partir de la expulsión de Adán y Eva del paraíso. Aquel año, otro retendrá la monarquía; lo cual significa que el sol dejará de iluminar a la Tierra; mi profecía entonces -añade Nostradamus- se habrá cumplido. En aquel período próximo al acabamiento del segundo milenio, los muertos que estarán en sus tumbas se presentarán de nuevo ante la presencia de Dios y las espantosas hecatombes que tanto habrán afligido y atormentado al mundo aparecerán como uno de los medios purificadores de los que Dios se ha valido para realizar sus propios designios y no ya como una tragedia de la Humanidad, salvada y redimida. Un gran juez juzgará los tiempos pasados, lo mismo que el presente, y pronunciará su sentencia para los vivos y para los muertos, y todos aquellos que no comprendieron la palabra de Dios serán por Él repudiados. Finalmente Nostradamus, después de precisar que, conscientes de lo que les aguarda, los hombres considerarán. el día de su muerte no ya como algo triste, sino como un momento de gran regocijo y como un nacimiento a la vida espiritual, concluye diciendo que el Espíritu Santo llenará de gozo y de felicidad a aquellas almas que, por la victoria tan meritoriamente alcanzada, tendrán derecho a contemplar en toda su plenitud el esplendor del Verbo.   

LA PASION DE LOS MEDIOCRES - JOSE INGENIEROS

La envidia es el culto a las sombras, al mérito mediocre. Fue un sonrojo que la fama de otra persona golpeó con fuerza en sus mejillas. Estas son cadenas de fracaso. Es Axiba con sabor a impotente. Es un humor venenoso que brota de las heridas provocadas por la frustración de la propia insignificancia. 



Aquellos que viven para la vanidad, tarde o temprano sobrevivirán a la horca de su Kaudin: están llenos de dolor, tristeza, vergüenza por sus penas, sin darse cuenta de que en su piel hay una clara devoción a los méritos de los demás. La hostilidad implacable de un tonto es siempre el fundamento de un monumento. Es el mal más despreciable calumniar a personajes vulgares. 

El que se envidia a sí mismo, sin saberlo, se reconoce despreciable; esta pasión es la humillación psicológica de un complejo de inferioridad humillante, sentido y reconocido. Los celos por sí solos no son suficientes, porque todos somos inferiores de alguna manera. Hay que sufrir por la bondad ajena, por la felicidad ajena, por las alturas ajenas. El núcleo moral de los celos reside en este dolor: muerden el corazón como un ácido, lo devoran como una polilla, devoran como el óxido del metal. De todas las malas pasiones ninguna puede superarla. Plutarco dijo –y La Rochefoucauld lo repitió– que algunas almas han caído tan bajo que se jactan de malas acciones infames. Pero nadie tiene el valor de confesarse envidiosa.

Admitir tus celos significa al mismo tiempo declararte inferior a la persona de la que estás celoso. Esta pasión es tan abominable, tan universalmente despreciada, que avergüenza a los hombres más modestos, y se esfuerzan mucho en ocultarla. Es sorprendente que los psicólogos en sus estudios sobre la pasión olviden esto y lo mencionen sólo como un caso especial de celos. Su prevalencia y virulencia siempre han sido tan grandes que la mitología grecolatina le atribuye el origen de Superman, su nacimiento en la oscuridad de la noche. En el mito, su rostro es el de una anciana terriblemente delgada y sin sangre, con cabezas de serpiente en lugar de cabello. Su expresión es sombría, sus ojos hundidos; sus dientes y lengua negros están manchados de veneno mortal; en una mano sostiene tres serpientes y en la otra una hidra o antorcha. En su estómago había un horrible reptil que la devoraba y le inyectaba veneno. 

El sueño inquieto, serio, nunca cierra los párpados sobre los ojos enojados. Toda cosa feliz le hace sufrir o aumenta su sufrimiento; está condenado a sufrir, es su propio verdugo cruel. Es una pasión peligrosa que promueve la hipocresía. El odio es como una espada; lo utilizan aquellos que no pueden competir con aquellos a quienes envidian. Los movimientos de las garras pueden pulsar, impulsados ​​por el odio, destruir y destruir en los temblores de la desesperación; en el oculto arrastramiento de los celos, atribuible sólo al terrible arrastramiento de aquellos que buscan morderse el talón. Teofrasto creía que la envidia estaba mezclada con el odio o se derivaba de él, opinión ya expresada por su maestro Aristóteles. Plutarco respondió a esta pregunta y se preocupó de distinguir entre las dos pasiones (Obras Éticas, II). A primera vista, dijo, resultaban confusos; parecían surgir del mal y, al unirse, se hacían más fuertes, del mismo modo que las enfermedades se vuelven más complejas. Ambos sufren por el bien de los demás y disfrutan del mal ajeno; pero si nos fijamos en sus diferencias, esta similitud no es suficiente para confundirlos. Odias sólo lo que consideras malo o perjudicial, en cambio, toda prosperidad despierta envidia, así como cada mirada irrita un ojo enfermo. Puedes odiar cosas y animales, sólo puedes envidiar a los hombres. El odio puede ser honesto y positivo; 

Los celos son siempre injustos porque la prosperidad no hace daño a nadie. Ambas pasiones son como plantas de la misma especie, alimentadas y fortalecidas por las mismas causas: los más infieles son odiados, y los más virtuosos, más envidiados. Entonces Temístocles dijo en su juventud que aún no había hecho nada grande porque nadie todavía lo había envidiado. Así como los rebozuelos prosperan en los dorados campos de trigo y en los florecientes rosales, los celos se extienden entre los hombres conocidos por su carácter y virtud. 

El odio no desaparece con buena o mala suerte; la envidia hace eso. El sol, que brilla verticalmente desde el punto más alto del cielo, reduce las sombras de los objetos de abajo a ninguna o a muy pocas: así, como observa Plutarco, el brillo de la gloria disminuye las sombras de la envidia y las hace desaparecer. El odio que insulta y ofende es terrible; Los celos que silencian y conspiran son repulsivos. Un libro asombroso dice que es como una cavidad ósea; Es casi seguro que este libro es la Biblia, o debería serlo. Las palabras más crueles que un tonto puede decir en su cara no pueden superar el uno por ciento de las malas palabras que un hombre celoso observa constantemente a sus espaldas; Ignora la reacción de Hate y expresa su enojo tartamudeando. Unman: Sentía la boca demasiado amarga para apretarla o tragarla. Así como el aceite apaga la cal y alimenta el fuego, así la bondad recibida contiene odio en las almas nobles y provoca celos en los indignos. Un envidioso es un desagradecido porque el sol brilla, las nubes son opacas y la nieve está fría: claro que lo es. El odio es justo y no puede mentir; los celos están mal y sólo pueden mentir. 

Los celos son más dolorosos que el odio: como un tormento morboso que se vuelve terrible por la noche, realzado por los terrores de la oscuridad. El odio puede hervir en los corazones de los grandes hombres; puede ser justo y santo; muchas veces quiere quitar la tiranía, la vergüenza y el insulto. Los celos pertenecen a personas de mente estrecha. La conciencia de los propios méritos domina todos los vicios disminuidos; No será celoso el que se cree superior, ni necio el que vive feliz con los demás ilusión de grandeza. Su odio permaneció allí y vino hacia él. César barrió a Pompeyo sin dejar rastro; Doriatello derrotó a Brunelleschi con su "Cristo" pero no se rindió; Nietzsche despreció a Wagner, pero no lo envidió. Así como el genio siente honor e inviste su destino con algún gesto apocalíptico, su creencia en un futuro oscuro hace que la mediocridad sea miope y reptiliana. 

Por lo tanto, las personas que no lo merecen, a pesar de su éxito en la sombra del mundo, permanecen celosas, como si su arrepentimiento interior gritara por su indigna transgresión. Ser consciente de tu mediocridad es una tortura. Entienden que sólo podrán mantenerse a la vanguardia evitando que otros se acerquen a ellos y los descubran. Los celos son una defensa contra la sombra de un hombre. Los escritos clásicos reconocían la diferencia entre celos y odio sin confundir las dos pasiones. Conviene precisar el problema distinguiéndolo de otros problemas similares (imitación y celos). 

No hay duda de que la envidia tiene su origen en una tendencia válida como ellas, pero tiene características propias que la hacen única. Envidias lo que los demás ya tienen y lo que te gustaría tener y sientes que lo tuyo no tiene remedio, envidias lo que ya tienes y temes perder, imitas para esforzarte por lo que los demás también quieren y quizás, lograrlo. Un ejemplo seleccionado de las fuentes más conocidas ilustrará este punto. Cuando sentimos que no podemos luchar por la mujer que nuestro vecino tiene que queremos, la envidiamos. Cuando nos sentimos inseguros acerca de la mujer que creemos poseer, nos ponemos celosos de sus posesiones y tememos que alguien más pueda compartirla o quitárnosla. Al ver la oportunidad de ganarnos su favor por igual con otros que lo desean, buscamos su favor con una competencia noble. Por tanto, los celos surgen de un sentimiento de inferioridad hacia el propio objeto. Los celos surgen de un compromiso posesivo. La competencia surge de la sensación de poder que acompaña a cualquier pretensión de alta personalidad.

Algunas personas, como resultado de sus retorcidas tendencias egoístas, tienden naturalmente a envidiar a quienes poseen ese sentido de superioridad que anhelan. Los celos aumentan cuando las personas creen que todavía es poco probable conseguir lo que quieren. Esto es lo contrario de la imitación; es una fuerza impulsora y fructífera, mientras que la primera obstaculiza y destruye los esfuerzos de los envidiosos. Bartrin lo hace bien en su increíble quintilla:

Los familiares envidiosos dicen que sí, los diamantes y el carbón también están conectados, aunque al final todo resulta diferente. La competencia es siempre noble: el odio mismo es a veces noble. Los celos son la cobardía típica del débil, el odio impotente, la aparente incapacidad para competir u odiar. El talento, la belleza, la energía quieren verse reflejados en todas las cosas y amplificados en innumerables proyecciones; la estupidez, la fealdad y la ineptitud, sufren tanto por los demás como por la propia desgracia, incluso más. 

Por tanto, toda superioridad es admirable y toda inferioridad es envidiable. La admiración es la creencia de que se puede imitar a los más grandes. Protege perfectamente contra los celos. Una persona que escucha voces proféticas mientras lee las obras de grandes pensadores; un hombre cuyos sentimientos están grabados en su corazón con palabras tan profundas como cicatrices, su grito visionario y divino; un hombre obsesionado por la contemplación del hombre plástico más elevado; el hombre que disfruta del frescor de la intimidad en presencia de una obra maestra alcanzable y se entrega a su vida palpitante, se conmueve hasta las lágrimas y cuyo corazón ocupado se excita con el ardor de la emoción; aquel que tiene un espíritu noble y puede inspirar el deseo de crear grandes cosas que admira. Cualquiera que lea a Dante, observe a Leonardo o escuche a Beethoven sin esforzarse puede jurar que la naturaleza Habría jurado que la naturaleza no había encendido en su cerebro la antorcha de la superioridad y nunca habría pasado por alto sus ojos miopes, que no podían apreciar su genio. 

La simulación presupone un deseo de equivalencia, lo que implica la posibilidad de equilibrio; saludos a los fuertes que siguen su camino hacia la gloria. Sólo los impotentes, los condenados y los culpables pueden envenenar su espíritu perturbando el curso de aquellos a quienes no puede seguir. 

Toda la psicología de los celos está sintetizada en una fábula digna de incluirse en un libro infantil. El sapo corría por el pantano con un sapo cuando de repente vio un fuego brillando encima de una roca. Creía que nadie tenía derecho a mostrar cualidades que él mismo nunca poseyó. Avergonzado por su impotencia, saltó hacia ella y la cubrió con su estómago helado. La inocente luciérnaga se atrevió a preguntarle: ¿Por qué me cubres? El sapo se llenó de envidia y sólo pudo preguntar: ¿Por qué brilla?


EL HOMBRE HONESTO (el hombre mediocre)

 La mediocridad moral es la falta de virtud y la cobardía del vicio. Si las mentes de algunas personas son como muñecos expresados ​​en convenciones, los corazones de muchas personas son como monstruos llenos de prejuicios. La gente honesta puede temer el crimen sin apreciar la santidad: Él no puede iniciar ninguna de estas cosas. Las garras del pasado se han apoderado del corazón del hombre y han cortado de raíz todos los anhelos de perfección futura. Sus prejuicios son la evidencia arqueológica de la psicología social: los vestigios de la virtud crepuscular, los restos de una moral extinta. 



Los moderados en los tiempos antiguos y modernos son enemigos de los sabios, prefieren al honesto y lo respetan como ejemplo. Contiene un error o falsedad implícita y debe corregirse. La honestidad no es una virtud, pero tampoco es un vicio. Puedes ser honesto sin esforzarte por alcanzar la perfección; para hacerlo, basta con no mostrar malicia, pero no basta con no mostrar malicia. La integridad oscila entre el vicio (el mal) y la virtud (la excelencia). 

La virtud es superior a la moralidad general: implica cierta nobleza interior, típicamente un talento moral; el hombre virtuoso espera algún tipo de perfección futura y sacrifica el elevado automatismo del hábito. 

El hombre honesto, por el contrario, es pasivo, condición que le otorga un estándar moral más alto que el malvado, aunque sigue siendo inferior al hombre que practica activamente alguna virtud y dirige su vida hacia algún ideal. Se limita a respetar los prejuicios que lo asfixian y mide la moral con el doble decímetro utilizado por sus pares, en el que las inclinaciones más bajas de los malvados son irreductibles y las inclinaciones manifiestas de los virtuosos. 

Si no logra absorber sus prejuicios hasta saturarse de ellos, la sociedad lo castigará como a un criminal por su deshonestidad: si puede superarlos, sus facultades morales profundizarán las arrugas dignas de imitación. La mediocridad no se trata de crear escándalos o de servir como modelos a seguir. 

Siempre que una persona honesta se siente limitada por el poder de los prejuicios, emprende acciones que considera indignas, y estos prejuicios son hábitos adquiridos que impiden nuevos cambios. Un comportamiento que ya es malo a ojos de una persona virtuosa puede seguir siendo bueno a los ojos de la opinión pública colectiva. Un caballero actúa virtuosamente según su criterio y evita los prejuicios de los justos; persona normal Incapaz de ver la bondad del futuro, continúa llamando buenas cosas que ya no lo son. Sentir con el corazón de otro es pensar con la mente de otro. 

La virtud es a menudo un gesto audaz, como lo es todo lo original. La honestidad es un uniforme indefenso. La mediocridad teme a la opinión pública tanto como Jaskandiel teme al infierno. Nunca tuvo el coraje de oponerse a ello, mucho menos cuando el peligro inherente a toda virtud mal entendida es el crecimiento de vicios. Renuncia a ello porque requiere sacrificio. Olvida que no hay perfección sin esfuerzo: sólo quien se atreve a mirar a los ojos sin miedo a quedarse ciego puede mirar directamente al sol. Una mente débil no recogerá rosas en un jardín por miedo a las espinas; un hombre virtuoso sabe que debe obedecerlas para poder recoger las mejores flores fragantes. 

La honestidad es enemiga de los santos, como la convención es enemiga del genio; llama a una persona "loca" y a la otra "inmoral". La explicación es esta: Los midió según su medida, y no le cabían. En su vocabulario, "razón" y "moral" eran nombres que reservaba para sus propias cualidades. El hipócrita es honesto acerca de su moral sombría; piensa que los sabios y santos que trascienden la moralidad son "inmorales" y con esta calificación respalda implícitamente alguna forma de comportamiento inmoral. Los basureros parecen estar hechos de restos de catecismo y de restos de vergüenza: el primer postor puede comprarlos a bajo precio. A menudo son honestos por conveniencia, a veces por simplicidad, si el picor de la tentación no interfiere con su locura. Enseñan que debemos ser como los demás; ignoran que sólo quienes quieren mejorar son virtuosos. Mientras nos susurran al oído que abandonemos nuestros sueños y sigamos al rebaño, no tienen el valor de sugerir directamente que le demos la espalda a nuestros ideales y nos sentemos a pensar en bocadillos comunes y corrientes. La sociedad predica: "Si no haces nada malo, serás honesto". La virtud y el talento tienen otro requisito: "Persigue el bien supremo y serás virtuoso". La honestidad está disponible para todos; La virtud es elegida por unos pocos.

Un hombre honesto soporta el yugo que le imponen sus semejantes, un hombre virtuoso se eleva por encima de ellos con un batir de sus alas. La integridad es una industria; la virtud excluye el cálculo. No hay diferencia entre un cobarde que modera sus acciones por miedo al castigo y una persona codiciosa que actúa porque espera ser recompensada. Ambas cuentas corrientes tienen una doble dosis de prejuicio social. Quienes tiemblan ante el peligro o buscan prejuicios no son dignos del nombre de virtud: por eso corren el riesgo de ser desterrados o perjudicados. Por tanto, no queremos decir que una persona virtuosa sea infalible. Pero virtud significa la capacidad de corregirse espontáneamente, el reconocimiento fiable de los errores como lección para uno mismo y para los demás, así como la honestidad inquebrantable de las acciones futuras. 

Un hombre que paga sus pecados con años de virtud es como si no hubiera pecado: es puro. Los mediocres, en cambio, no admiten sus errores y no se avergüenzan de sus errores, los agravan descaradamente, los resaltan repitiéndolos y los duplican explotando sus debilidades. Sería fantástico predicar la honestidad si, en lugar de abandonar la virtud, apuntara a la perfección constante. Sus elogios mancillaron el culto a la dignidad y fueron la prueba más segura de la decadencia moral de la nación. Cuando se exalta a los sabios, se insulta a los estrictos y se olvida el ejemplo de los indulgentes. Un espíritu permisivo, por esclavitud e hipocresía, no quiere constancia y fidelidad.

Admirar a un hombre honesto es menospreciarte a ti mismo, adorarlo es menospreciarte a ti mismo. Stendhal redujo la honestidad a una simple forma de miedo. Cabe señalar que no se trata de miedo al mal per se, sino de miedo al rechazo de los demás, por lo que es coherente con una total falta de escrúpulos ante cualquier conducta que no tenga una sanción clara o pueda ser ignorada. "Se trata de los honnets", dijo Talleyrand, preguntándose qué pasaría con estos temas si comenzaran el interés o la fascinación. Su miedo al vicio es igual a su incapacidad para la virtud. Simplemente perciben la mediocridad moral que los rodea. No son asesinos, pero tampoco héroes; no roban, pero tampoco dan la mitad de su ropa a personas indefensas; no son traidores pero no son leales; no atacan abiertamente, pero tampoco defienden lo atacado; no violan a las vírgenes, pero no redimin a los caídos; no conspiran contra la sociedad, sino que cooperan para fortalecerla. 

Frente a la falsa honestidad del pensamiento convencional y de los personajes domesticados, existe una heráldica moral cuyo sello distintivo es la virtud y la santidad. Es lo opuesto a la temerosa sumisión al prejuicio, que paraliza el alma en un temperamento vulgar y se convierte en un patrón de indiferencia emocional que caracteriza todos los fenómenos burgueses. 

La virtud requiere fe, pasión, entusiasmo, coraje: depende de ellos. Los ama en intención y acción. No hay virtud cuando las palabras y los hechos no concuerdan; no hay nobleza si la intención es lenta. Por tanto, la mediocridad moral es más perjudicial para los destacados y privilegiados.

Los sabios que traicionan la verdad, los filósofos que transgreden la moral y los nobles que insultan su nacimiento son las más vergonzosas de las malas acciones. Son más imperdonables que los delincuentes que caen en el crimen. Los privilegios de la cultura y del nacimiento confieren a quienes los disfrutan una lealtad ejemplar hacia sí mismos. Una nobleza que no existe en nuestra búsqueda de la perfección no tiene sentido y no puede tolerarse en ascendencia y pergaminos ridículos; Nobles son aquellos que muestran respeto por su estatus en sus acciones, no aquellos que reivindican su origen. Persona que viene a defender una conducta deshonesta. Los valores de un aristócrata moral se miden por la virtud, no por la honestidad.


EL SENDERO DE LA GLORIA - EL HOMBRE MEDIOCRE

 Las personas mediocres que irrumpen en la escena social tienen un deseo urgente: triunfar. No tenía dudas de que había algo más, una gloria que sólo los mejores podían desear. Fue una victoria financiera de corta duración; era seguro y no desaparecería durante siglos. Uno se busca a sí mismo, otro es derrotado. Todo cortesano es despreciado en la sociedad mediocre en la que vive. Triunfa humillándose, arrastrándose, escondiéndose, estando en las sombras, fingiendo, contando con la participación de innumerables otros. Un hombre de mérito está adelantado a su tiempo, un estudiante tiene ideales; se impone dominando, iluminando y atacando violentamente, y a plena luz del día no da la cara, se humilla y olvida todas las manifestaciones de esclavitud y conspiración. Hay peligros en ser popular. La lucha comienza cuando la multitud mira por primera vez a un hombre y lo aplaude: los desgraciados son los que olvidan que sólo piensan en los demás. Debemos hacer avanzar nuestras intenciones y expectativas y resistir la tentación de recibir un aplauso inmediato; La fama es más difícil pero vale la pena.



La vanidad impulsa al vulgo a realizar trabajos respetables en la administración pública cuando es necesario, que ni siquiera es digno de ello. Sabía que su sombra lo necesitaba. Se reconoce a una buena persona porque es capaz de renunciar a cualquier conducta que atente contra su dignidad. El genio avanza por su propio camino sin esperar la sanción de un orden político, académico o secular imaginado; se revela a través de su eterna iluminación, como si su vida fuera la eterna aurora. El hombre flota en la atmósfera como una nube sostenida por los vientos de la participación ajena. Puede obtener los talentos que otros merecen mediante la adulación; pero los que reciben favores sin mérito seguramente temblarán: cuando en el futuro cambie el viento, fracasará cien veces. Los genios nobles creen sólo en sí mismos, luchan, superan obstáculos, ganan. Su camino es su propio camino; y cuando el mediocre sucumbe al fracaso colectivo y lo desgasta, el superior lo combate con infinita energía hasta despejarle el camino. Lo merezcas o no, el éxito es un espíritu de lucha. La primera vez es embriagadora; el espíritu se adapta a ello inconscientemente; después de eso se convierte en una necesidad indispensable. La primera, por grande o pequeña que sea, es inquietante. Hay una extraña indecisión, un picor moral que excita y a la vez atormenta, como el sentimiento que siente un adolescente cuando está a solas con la mujer que ama por primera vez: es a la vez tierno y violento. , que simultáneamente estimula e inhibe.

 El tiempo, anima. Y Amirana. Encontrar el éxito es como mirar un acantilado: o retrocederás en el tiempo o te caerás del acantilado para siempre. Es un abismo irresistible, como una boca joven que invita a ser besada; algún retorno. Es un castigo inmerecido, un filtro que envenena la vanidad y te hace infeliz para siempre. En cambio, el caballero acepta homenajes mediocres y pequeños como simple expectativa de honor y como añadido a sus méritos. Aparece en cientos de aspectos y seduce de mil maneras. Surgió como resultado de un accidente, llegó por un camino invisible. Un simple cumplido de un maestro respetado, un aplauso ocasional de la multitud, una fácil conquista de una mujer hermosa es suficiente; son todos iguales, son embriagadores. Con el tiempo, este hábito de beber se vuelve inevitable. Lo único difícil es adquirir el hábito, como ocurre con todos los malos hábitos. Después de eso, la gente no podía sobrevivir sin la tos de la vida, y esta ansiedad atormentaba a quienes no levantaban sus alas sin la ayuda de cómplices y pilotos. Una persona servicial lo tiene claro: su éxito es ilusorio y de corta duración, por muy humillante que resulte lograrlo. Al árbol espiritual no le importan los frutos sino las hojas; vive con suerte y sigue oportunidades auspiciosas. Las grandes mentes se elevan a través de caminos únicos de mérito; ¿No es así? Saben que los países intermedios suelen tomar otros caminos; por lo tanto, nunca se sienten derrotados y no sufren más por los contrastes de lo que disfrutan del éxito. Ambas partes son obra de otra persona. La fama depende de ellos. Para ellos, el éxito parece ser un simple reconocimiento de sus derechos, un reconocimiento de la admiración que les brinda la vida. Cuando Tyne era joven, experimentó la alegría de un maestro cuando vio a un grupo de estudiantes venir a escuchar una lección; Mozart contó la alegría del compositor cuando su melodía volvió a los labios de los transeúntes que la tocaban al pasar por cruces solitarios, la flauta le daba coraje, Musset admitió que una de sus mayores alegrías era escuchar a una bella mujer recitar sus versos. Castral comentó sobre el estado de ánimo del orador ante un salvaje aplauso de miles de hombres. Este fenómeno es común y no nuevo. Julio César, registrando sus batallas, transmitió la loca borrachera de uno de los hombres que lo seguían refleja la embriaguez salvaje de la gente que conquistó las ciudades y destruyó las tribus; El biógrafo de Beethoven cuenta los aplausos que no pudo oír debido a su sordera en el estreno de su Novena Sinfonía, lo que lo conmovió profundamente; Con su característica elegancia ática, Stendhal cuenta la alegría de un amante feliz al ver a cien mujeres caer una a una a sus pies, temblando de fiebre y excitación. 

El éxito se recompensa cuando se gana; mejora el carácter e inspira el carácter. Tiene otra ventaja: elimina la envidia, el veneno incurable del espíritu mediocre. Una victoria merecida y oportuna es el rocío más favorable a cualquier germen de superioridad moral. La victoria es un agente emocional, un pegamento muy eficaz para el carácter. El éxito es el mejor lubricante para el alma; el fracaso es el aguijón más corrosivo. La popularidad o la fama a menudo crean una ilusión temporal de fama. Éstas son esas formas falsas y vulgares, amplias pero no profundas, brillantes pero fugaces. Estos son más que simples éxitos que la gente común puede lograr, pero son menos que un honor. Reservado para hombres de clase alta. Se trata de cables, piedra artificial, iluminación artificial. Por tanto, la expresión directa del entusiasmo del público es inferior: el público aplaude con cierto fervor inconsciente y comunicativo. Fama de pensadores, filósofos y artistas. Aquel que expresa su genio a través de palabras escritas, de forma lenta pero segura; sus adoradores se dispersan y nadie aplaude solo. 

En las obras de teatro y en las tertulias, la admiración es rápida y barata, aunque ilusoria. El público se dio sugerencias, se entusiasmó y aplaudió. Por tanto, cualquier actor de tres o cuatro puede entender la victoria mucho más cerca que Aristóteles o Spinoza. La intensidad (es decir, el éxito) es inversamente proporcional a la duración (es decir, la gloria). Este aspecto irónico de la celebridad depende de los pequeños talentos del actor o de la aleatoriedad de la mentalidad colectiva. Cuando sus calificaciones disminuyen o sus circunstancias cambian, regresan a las sombras para participar en el funeral de sus vidas. Luego pagaron cara su fama. Vivir en la eterna nostalgia es su martirio. Los niños exitosos merecen morir cuando quedan huérfanos. Algunos poetas melancólicos escribieron que es bueno vivir de recuerdos: es una frase divertida. Es equivalente a la muerte. Es la alegría de un pintor con los ojos vendados, la alegría de un jugador que mira fijamente el tapete y no puede correr ningún riesgo. 

En la vida eres actor o público, timonel o esclavo de cocina. Pasar del timón al remo es tan doloroso como bajar del escenario para tomar asiento, aunque sea en primera fila. Quien sabe aplaudir, no sabe ceder ante la oscuridad; ésta es la parte más cruel de cualquier gran hazaña basada en caprichos ajenos o talentos físicos fugaces. Las masas se están alejando de la moda, la Constitución está agotada. 

La fama de un orador, de un espadachín o de un comediante sólo dura mientras el hombre es joven; la voz, el empujón y el gesto a veces terminan dejando atrás el dolor más grande, representado por las bellas palabras de Dante: recuerdos de tiempos felices y de dolor. Para estos ganadores aleatorios, el momento en que desaparezca el error debería ser el último momento de sus vidas. Es muy triste volver a la realidad. 

Un Otelo exagerado mata a la vieja Desdémona en el escenario, o un acróbata se rompe el cuello en un salto fantástico, o un orador sufre un aneurisma mientras se dirige a cien mil hombres prósperos, o Don Juan es picado por su yo más honesto y sensual. amar. Como la vida se mide en horas felices, lo mejor es despedirse de ella con una sonrisa, mirando al frente, con respeto y con el sentimiento de que mereces vivir hasta el final. Cada ilusión que se desvanece deja una sombra que es difícil de disipar. La fama y la celebridad no son gloria: nada es más absurdo que la aclamación de los contemporáneos y de las masas. 

Al compartir las ruinas mediocres y las debilidades del entorno, es fácil convertirse en las masas prototípicas y convertirse en un líder entre sus pares, pero quien logre este objetivo perecerá con ellos. Genios, santos y héroes desdeñaron toda sumisión al presente y miraron hacia un ideal lejano: se convirtieron en los grandes hombres de la historia. La rectitud moral y el carácter son virtudes estériles en un ambiente corrupto, y es más probable que satisfagan los apetitos de las familias que ganarse la arrogancia de los hombres: donde se engendra el falso éxito. 

La gloria nunca reprocha al templo los laureles de los hombres atrapados en las ruinas del tiempo. A menudo tardía, a veces póstuma, pero siempre decidida, suele adornar las frentes de quienes miran hacia el futuro y sirven al ideal, practicando el noble lema de Rousseau: vitam impendere vero.